Desde septiembre...
He leído muchos libros. Algunas de mis lecturas favoritas se encuentran entre ellos. Canto yo y la montaña baila, El celo, Te di ojos y miraste las tinieblas, Yeguas exhaustas, Los peligros de fumar en la cama. Mujeres que hablan de intestinos, de lo gutural, de tripas y se abren el pecho para escuchar un corazón latir, que cocinan en fuegos que siempre han sido suyos, perras en celo que llevan pañales, masías perdidas en la bruma de las montañas y toros negros y canciones y fiestas y banquetes.
He tejido varias piezas de ganchillo que he regalado o me he quedado, algunas cogiendo polillas en los estantes del armario. Todas con muchas horas de trabajo, callos en los dedos, respiraciones fuertes y amor. Llevé una hace una semana y me dio mucho calor pero dije: la he hecho yo.
He aprendido (teóricamente): cómo hacer un caldo de pollo. Cómo asar un pollo. Qué echarle de aliño a la ensalada. Qué pedir en la frutería o en la carnicería o en la pescadería. He ido al mercado de mi ciudad y me han regalado maracuyá y fresas blancas que saben a piña.
He trabajado: de monitora de apoyo en la extraescolar de "Hacemos los deberes". Y en una cooperativa-tienda de productos agroecológicos. Ambos trabajos los he dejado. He dormido poco.
He vuelto a tocar el violonchelo. Todo lo que viene por lo que se va. Los meses de noviembre y diciembre fueron difíciles anímicamente, la plaza de violonchelo se alzó como una estrellita brillante en un horizonte brumoso e incierto, que me dio un anclaje para seguir, para dejar el trabajo y para parar.
Avanzo con mis prácticas y mi trabajo final de la carrera. Poco más puedo decir. Avanzo. Hay días que me gusta hacerlo, días que no. Algo se va gestando en mi mente pero aún no puedo materializarlo.
Muchas cosas me conmueven profundamente, más en el momento del ciclo en que me encuentro. Me dijeron que marzo sería un mes muy cargado energéticamente, y no sé si es eso, o es que el ciclo es en sí una carga energética total y abrumadora que a veces es difícil canalizar. En estos momentos me siento conectada a: la tierra húmeda que mancha las manos, las mareas y los espacios donde dudar en paz, los anillos de piedras grandes, los pendientes y los collares grandes, la decoración corporal, los bancales donde plantamos guisantes y creció menta, las ratas urbanas que se esconden bajo los tablones, las hojas de las libretas que traspasan la tinta, los dibujos que hice de niña, mis antepasadas y las canciones que hablan de ellas, el sudor que da trabajar bajo el sol primaveral, mis piernas que me permiten aprender a conducir, mis manos que me permiten tocar el violonchelo, la idea de un hogar comunitario y una escuela rural, los arbustos de Méndez Álvaro, la palabra "alumbrar", los campos de encinas y el olivar de mi ciudad, verde verde verde por la lluvia incesante.